SE TU MISMO
Había una vez, algún lugar que podría ser cualquier lugar, y en un tiempo que podría ser cualquier tiempo, un hermoso jardín, con manzanos, naranjos, perales y bellísimos rosales, todos ellos felices y satisfechos. Todo era alegría en el jardín, excepto por un árbol profundamente triste. El pobre tenía un problema: "No sabía quién era." Lo que le faltaba era concentración, le decía el manzano, si realmente lo intentas, podrás tener sabrosas manzanas. "¿Ves que fácil es?" No lo escuches, exigía el rosal. Es más sencillo tener rosas y "¿Ves que bellas son?". Y el árbol desesperado, intentaba todo lo que le sugerían, y como no lograba ser como los demás, se sentía cada vez más frustrado.Un día llegó hasta el jardín el búho, la más sabia de las aves, y al ver la desesperación del árbol, exclamó:-No te preocupes, tu problema no es tan grave, es el mismo de muchísimos seres sobre la tierra. Yo te daré la solución: "No dediques tu vida a ser como los demás quieran que seas...Sé tu mismo, conócete, y para lograrlo, escucha tu voz interior."Y dicho esto, el búho desapareció.¿Mi voz interior...? ¿Ser yo mismo...? ¿Conocerme...? Se preguntaba el árbol desesperado, cuándo de pronto, comprendió...Y cerrando los ojos y los oídos, abrió el corazón, y por fin pudo escuchar su voz interior diciéndole:"Tú jamás darás manzanas porque no eres un manzano, ni florecerás cada primavera porque no eres un rosal. Eres un roble, y tu destino es crecer grande y majestuoso. Dar cobijo a las aves, sombra a los viajeros, belleza al paisaje...Tienes una misión "Cúmplela". Y el árbol se sintió fuerte y seguro de sí mismo y se dispuso a ser todo aquello para lo cual estaba destinado.Así, pronto llenó su espacio y fue admirado y respetado por todos. Y sólo entonces el jardín fue completamente feliz.Yo me pregunto al ver a mí alrededor, ¿Cuántos serán robles que no se permiten a sí mismos crecer?¿Cuántos serán rosales que por miedo al reto, sólo dan espinas?¿Cuántos naranjos que no saben florecer?En la vida, todos tenemos un destino que cumplir, un espacio que llenar... Indudablemente todo ser humano es distinto a otros. Todos tenemos un rasgo que nos distingue de los demás y que nos hace ser únicos. Y todos tenemos un rol que cumplir. Y nadie puede dudar de que el rol que mejor cumplimos es el nuestro. Debemos rescatar lo que tenemos profundamente arraigado en nuestro ser, porque esa, nuestra esencia, es la que nos hace ser lo que somos. Y debemos ser auténticos y dejarla aflorar tal cual es, respondiendo a nuestras propias necesidades de comunicación. Somos lo que somos, y eso lo llevamos marcado a fuego en nuestro interior, aunque por fuera mostremos otra cosa. No debemos ceder ante quienes nos piden que no nos mostremos como realmente somos. Ni debemos ceder ante nuestra propia debilidad de tomar prestada la personalidad de otros... no la podríamos llevar por mucho tiempo. No hay nada más grotesco que aquel que finge ser quien no es...es como andar disfrazado. Mostrémonos y actuemos tal cual somos. Es la única manera de dar lo mejor de uno mismo. Lo demás... lo demás se escapará de nuestras manos casi antes de que podamos asirlo. "Si ante el fracaso el amor se ha ido,si ante la mínima sombra,ya no ves la luz;ten por seguro que no es amor lo que sentías, ni tampoco verdadera es tu visión.
"Miguel Angel Arcel" el pots trovar a www.geocities.com/gladys001/setumismo.htm
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El millor buscador
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VOLS VIATJAR I NO SAPS IDIOMES??'
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viernes, 20 de julio de 2007
martes, 17 de julio de 2007
CUENTOS Y LEYENDAS
LA OLLA MÁGICA
Onagra empujó el madero que llevaba atado al cogote debajo de la olla que hervía en el centro de la hoguera y apoyó con fuerza las dos patas en el otro extremo de la palanca; de inmediato, vio la vasija dando vueltas en el aire. Parecía una moneda de cobre refulgente y redonda, una moneda que chorreaba humo y agua. Arriba, el sol, otra moneda más, resplandecía sobre el gran triángulo del techo.
La olla giraba suspendida allá, en lo alto, mucho más arriba de su cabeza. Su cabeza. Se le hacía difícil pensar que estaba a punto de perderla.
-¿Pensaste qué vamos a hacer con este bicho cuando el zumo esté listo?
Corría peligro. Nadie podía negarlo. Él mismo había escuchado a Carda, su dueña, cuando hablaba con el marido.
-¡Qué sé yo! Dejarlo solo, hasta que se muera. O, por ahí, le cortamos la cabeza ¿A quién le importa un burro tonto? –contestó ella soltando una carcajada.
Y en ese momento, a Onagra, las cuatro patas se le aflojaron. ¿Cortarle la cabeza...?, repitió temblando.
Como si se hubiera dormido en las alturas, la vasija dibujaba círculos con pesadez debajo del sol más brillante que nunca.
También iluminaba, alto como un globo, allá tan lejos, encima de la finca de Nodo, su dueño anterior, pero Nodo no lo tenía encerrado en un cuarto de tres paredes con esas cadenas en la puerta. La cuadra donde descansaba él, y otros como él, tenía un techo de paja que lo resguardaba del frío, la lluvia o el calor.
-¡Arre, burrito, arre! -lo animaban los hombres que trabajaban con él.
Onagra siempre había renegado de su destino tan distinto del de los Equinos, sus parientes famosos de patas y cabezas finas, los que tenían crines suaves como la seda. En cambio él, todo áspero, tan sin gracia, con esas orejotas grises. Le parecía injusto que ellos vivieran con agua y alimentos al alcance de sus hocicos mientras que él y sus compañeros malvivían, allí, en la parte trasera del establo, con la comida justa y el descanso mezquino.
-¡Qué le vamos a hacer, burrito -dijeron una tarde los humanos que manejaban los arados como si pudieran leerle el pensamiento -unos nacen con estrella y otros nacen estrellados!
Estrellado, sí y, además, con mala suerte. Así, había nacido él. ¿Por qué la malvada de Carda tendría tan odiosas intenciones?, se preguntó. ¿Qué le había hecho él para que con tanto apresuramiento, decidiera cortarle la cabeza y, por lo tanto, su muerte?
En cambio, allá en su tierra, los hombres, eran bien distintos. Ahora los extrañaba. Le daba tristeza recordar el corral con esas grandes ventanas desde las que el cielo se veía a lo largo y a lo ancho. Tan distinto de ese cuchitril donde el amanecer apenas se adivinaba desde la base de un triángulo de piedras cubiertas de musgo como ésas entre las que ahora, lo tenían encerrado.
Mientras revivía otras épocas, el burro mordisqueaba algunos pastos secos que habían crecido a unos metros de la hoguera, sin tener en cuenta la olla de cobre que, como si alguien estuviera reteniéndola, giraba y giraba en las alturas.
Antes, cuando vivía en la finca, a veces, se cruzaba con sus parientes los Equinos que paseaban con Nodo. Siempre se alegraba de verlos, al fin y al cabo, eran su familia. Se alegraba y los saludaba con aquel rebuzno amistoso que le había enseñado su padre, pero ellos le contestaban con un sacudir de crines lleno de orgullo. Iban siempre apurados, siempre con cosas importantes para hacer. Llevaban al dueño y a su familia en la caza de zorros por el bosque o saltaban vallas en praderas con pastos como de terciopelo.
Claro que a Onagra tampoco le faltaban amigos humanos, los hombres con los que trabajaba, que eran mofletudos como él, con su mismo hedor a tierra revuelta y aquellos pelos duros brincándoles sobre la frente igual que los suyos.
Carda, su nueva dueña, la que le había puesto el collar de madera en el cogote, no tenía, perfume o tal vez, sí, tal vez, la cortina de humo que flameaba en esa pieza de tres paredes disimulaba todos los olores,
Onagra todavía recordaba la tarde en que la vio por primera vez. Ella y su marido fueron al corral a conversar con su antiguo dueño. Necesitaban un animal para hacer un trabajo duro y habían pensado en comprarle uno de los burros que dormían en el fondo del establo.
-¡Pero claro que sí -contestó Nodo -lleven el que más les guste!
Para su desgracia, lo eligieron a él. Fue realmente una catástrofe porque después de un viaje lamentable, lo encerraron en la casa que habían levantado. ¿La casa? ¡Qué iba a ser! Si no era más que una pieza sin ventanas y una puerta raquítica. Una vez allí, le calzaron un collar de madera en el cogote y lo obligaron a dar vueltas alrededor de la hoguera haciendo girar y girar una olla que adentro, tenía vaya a saber qué potingue.
-Lleven el que más les guste –había dicho Nodo.
Y Onagra tuvo que irse con ellos, pero, ¡puras mentiras que les gustaba! No debía de gustarles tanto, porque después, además de tratarlo mal, planeaban cortarle la cabeza.
-No dejes de dar vueltas, burro torpe -había pedido el marido de Carda -que cuando esta bebida esté terminada, mi mujer va cantar como los ángeles. Entonces, ninguno va a ser más rico ni famoso que nosotros.
-Son dos brujos -pensó Onagra viendo que la mujer agregaba un puñado de pétalos de jazmín dentro de la olla.
-Para tener la voz dulce -dijo Carda sumando un cántaro de miel al menjunje.
Así, arrope, almíbar y ramas de canela hervían en agua de azahar a fuego lento mientras el burro daba vueltas y vueltas sin poder desprenderse de la traba de madera que parecía estar a punto de estrangularlo.
-¿Te acordaste de lo más importante? -preguntó el hombre. Como toda respuesta, la bruja agitó una descomunal bolsa de gasa.
-Sí, traje las plumas de alas de ruiseñor.
También tenía otras de mirlos, zorzales, calandrias y canarios anaranjados.
De tanto en tanto, el hombre y la mujer levantaba la tapa y ponía huevos de reina mora o cardenal en la vasija
-Las alas del hornero, del pájaro mosca y del ave lira no me interesan para nada porque no saben cantar, así que ni me molesto en buscarlos - dijo Carda una tarde.
Mientras, revolvía el líquido espumoso con su cucharón de madera. A veces, probaba el brebaje con la punta de la lengua, se relamía y después, tarareaba. Tarareaba y parecía que un coro de jilgueros cantaba desde su garganta. Un día, de pronto, el marido la hizo callar para preguntarle:
-¿Pensaste qué vamos a hacer con este bicho cuando el zumo esté listo?
Pese a que no se destacaba por tener una inteligencia de las más brillantes, el animal se dio cuenta de que estaban hablando de su futuro, así que fue todo orejas y esperó la respuesta, sin dejar de dar vueltas con el pesado collar de madera apretado a su pescuezo.
-¡Qué sé yo! Dejarlo aquí, hasta que se muera. O, por ahí, le cortamos la cabeza ¿A quién le importa un burro tonto? –contestó ella con una sonrisa odiosa.
A Onagra, las patas le temblaron. Las cuatro patas le temblaron ¿Ahí, encerrado hasta morirse? ¿Sin volver a su tierra? ¿Y sus viejos amigos? ¿Y su noche querida, allá, en el establo de Nodo tan larga y amplia, toda llena de luna? Otra pregunta más inquietante todavía, asaltó sus pensamientos. ¿Querían cortarle la cabeza?
Por eso, había hecho saltar la olla con sus rodillas delanteras. De rabia, por lo que planeaban para él. Pero, al instante, se asustó.
-¡Uijijijiii! -lloriqueó.
¡Cuando Carda viera que había tirado su licor maravilloso iba a querer matarlo dos veces!
En aquel momento, la olla dejó de girar y se volcó, al sentir el chorro del líquido caliente sobre su cabeza, Onagra alcanzó a correrse hacia un costado.
Se salvó, sin embargo, diez, veinte, cien gotas, le entibiaron el pecho y los antebrazos.
Casi enseguida, empezó a notar aquella sensación de agilidad y ligereza en las patas. Sensación que lo hacía dar saltos incontenibles igual que golpes de viento, saltos y volteretas que lo elevaban liviano como un barrilete. Liviano como todas las plumas de pájaros que Carda había echado en su olla mágica.
No podía dominarse así que brincó, brincó y, de un solo salto, rebasó la línea superior de las paredes. Después de hacer una serie de piruetas con una habilidad que nunca había tenido, volvió a saltar. Volvió a saltar y se vio por encima de las ramas más altas de los árboles; fue cuando se animó y dio aquella voltereta audaz que le hizo escalar el cielo, mientras sentía que su cuerpo se brotaba de plumas. Y entonces, como por arte de magia, voló. Voló con un inútil collar de madera colgando del pescuezo.
Autora: Olga Drennen
Onagra empujó el madero que llevaba atado al cogote debajo de la olla que hervía en el centro de la hoguera y apoyó con fuerza las dos patas en el otro extremo de la palanca; de inmediato, vio la vasija dando vueltas en el aire. Parecía una moneda de cobre refulgente y redonda, una moneda que chorreaba humo y agua. Arriba, el sol, otra moneda más, resplandecía sobre el gran triángulo del techo.
La olla giraba suspendida allá, en lo alto, mucho más arriba de su cabeza. Su cabeza. Se le hacía difícil pensar que estaba a punto de perderla.
-¿Pensaste qué vamos a hacer con este bicho cuando el zumo esté listo?
Corría peligro. Nadie podía negarlo. Él mismo había escuchado a Carda, su dueña, cuando hablaba con el marido.
-¡Qué sé yo! Dejarlo solo, hasta que se muera. O, por ahí, le cortamos la cabeza ¿A quién le importa un burro tonto? –contestó ella soltando una carcajada.
Y en ese momento, a Onagra, las cuatro patas se le aflojaron. ¿Cortarle la cabeza...?, repitió temblando.
Como si se hubiera dormido en las alturas, la vasija dibujaba círculos con pesadez debajo del sol más brillante que nunca.
También iluminaba, alto como un globo, allá tan lejos, encima de la finca de Nodo, su dueño anterior, pero Nodo no lo tenía encerrado en un cuarto de tres paredes con esas cadenas en la puerta. La cuadra donde descansaba él, y otros como él, tenía un techo de paja que lo resguardaba del frío, la lluvia o el calor.
-¡Arre, burrito, arre! -lo animaban los hombres que trabajaban con él.
Onagra siempre había renegado de su destino tan distinto del de los Equinos, sus parientes famosos de patas y cabezas finas, los que tenían crines suaves como la seda. En cambio él, todo áspero, tan sin gracia, con esas orejotas grises. Le parecía injusto que ellos vivieran con agua y alimentos al alcance de sus hocicos mientras que él y sus compañeros malvivían, allí, en la parte trasera del establo, con la comida justa y el descanso mezquino.
-¡Qué le vamos a hacer, burrito -dijeron una tarde los humanos que manejaban los arados como si pudieran leerle el pensamiento -unos nacen con estrella y otros nacen estrellados!
Estrellado, sí y, además, con mala suerte. Así, había nacido él. ¿Por qué la malvada de Carda tendría tan odiosas intenciones?, se preguntó. ¿Qué le había hecho él para que con tanto apresuramiento, decidiera cortarle la cabeza y, por lo tanto, su muerte?
En cambio, allá en su tierra, los hombres, eran bien distintos. Ahora los extrañaba. Le daba tristeza recordar el corral con esas grandes ventanas desde las que el cielo se veía a lo largo y a lo ancho. Tan distinto de ese cuchitril donde el amanecer apenas se adivinaba desde la base de un triángulo de piedras cubiertas de musgo como ésas entre las que ahora, lo tenían encerrado.
Mientras revivía otras épocas, el burro mordisqueaba algunos pastos secos que habían crecido a unos metros de la hoguera, sin tener en cuenta la olla de cobre que, como si alguien estuviera reteniéndola, giraba y giraba en las alturas.
Antes, cuando vivía en la finca, a veces, se cruzaba con sus parientes los Equinos que paseaban con Nodo. Siempre se alegraba de verlos, al fin y al cabo, eran su familia. Se alegraba y los saludaba con aquel rebuzno amistoso que le había enseñado su padre, pero ellos le contestaban con un sacudir de crines lleno de orgullo. Iban siempre apurados, siempre con cosas importantes para hacer. Llevaban al dueño y a su familia en la caza de zorros por el bosque o saltaban vallas en praderas con pastos como de terciopelo.
Claro que a Onagra tampoco le faltaban amigos humanos, los hombres con los que trabajaba, que eran mofletudos como él, con su mismo hedor a tierra revuelta y aquellos pelos duros brincándoles sobre la frente igual que los suyos.
Carda, su nueva dueña, la que le había puesto el collar de madera en el cogote, no tenía, perfume o tal vez, sí, tal vez, la cortina de humo que flameaba en esa pieza de tres paredes disimulaba todos los olores,
Onagra todavía recordaba la tarde en que la vio por primera vez. Ella y su marido fueron al corral a conversar con su antiguo dueño. Necesitaban un animal para hacer un trabajo duro y habían pensado en comprarle uno de los burros que dormían en el fondo del establo.
-¡Pero claro que sí -contestó Nodo -lleven el que más les guste!
Para su desgracia, lo eligieron a él. Fue realmente una catástrofe porque después de un viaje lamentable, lo encerraron en la casa que habían levantado. ¿La casa? ¡Qué iba a ser! Si no era más que una pieza sin ventanas y una puerta raquítica. Una vez allí, le calzaron un collar de madera en el cogote y lo obligaron a dar vueltas alrededor de la hoguera haciendo girar y girar una olla que adentro, tenía vaya a saber qué potingue.
-Lleven el que más les guste –había dicho Nodo.
Y Onagra tuvo que irse con ellos, pero, ¡puras mentiras que les gustaba! No debía de gustarles tanto, porque después, además de tratarlo mal, planeaban cortarle la cabeza.
-No dejes de dar vueltas, burro torpe -había pedido el marido de Carda -que cuando esta bebida esté terminada, mi mujer va cantar como los ángeles. Entonces, ninguno va a ser más rico ni famoso que nosotros.
-Son dos brujos -pensó Onagra viendo que la mujer agregaba un puñado de pétalos de jazmín dentro de la olla.
-Para tener la voz dulce -dijo Carda sumando un cántaro de miel al menjunje.
Así, arrope, almíbar y ramas de canela hervían en agua de azahar a fuego lento mientras el burro daba vueltas y vueltas sin poder desprenderse de la traba de madera que parecía estar a punto de estrangularlo.
-¿Te acordaste de lo más importante? -preguntó el hombre. Como toda respuesta, la bruja agitó una descomunal bolsa de gasa.
-Sí, traje las plumas de alas de ruiseñor.
También tenía otras de mirlos, zorzales, calandrias y canarios anaranjados.
De tanto en tanto, el hombre y la mujer levantaba la tapa y ponía huevos de reina mora o cardenal en la vasija
-Las alas del hornero, del pájaro mosca y del ave lira no me interesan para nada porque no saben cantar, así que ni me molesto en buscarlos - dijo Carda una tarde.
Mientras, revolvía el líquido espumoso con su cucharón de madera. A veces, probaba el brebaje con la punta de la lengua, se relamía y después, tarareaba. Tarareaba y parecía que un coro de jilgueros cantaba desde su garganta. Un día, de pronto, el marido la hizo callar para preguntarle:
-¿Pensaste qué vamos a hacer con este bicho cuando el zumo esté listo?
Pese a que no se destacaba por tener una inteligencia de las más brillantes, el animal se dio cuenta de que estaban hablando de su futuro, así que fue todo orejas y esperó la respuesta, sin dejar de dar vueltas con el pesado collar de madera apretado a su pescuezo.
-¡Qué sé yo! Dejarlo aquí, hasta que se muera. O, por ahí, le cortamos la cabeza ¿A quién le importa un burro tonto? –contestó ella con una sonrisa odiosa.
A Onagra, las patas le temblaron. Las cuatro patas le temblaron ¿Ahí, encerrado hasta morirse? ¿Sin volver a su tierra? ¿Y sus viejos amigos? ¿Y su noche querida, allá, en el establo de Nodo tan larga y amplia, toda llena de luna? Otra pregunta más inquietante todavía, asaltó sus pensamientos. ¿Querían cortarle la cabeza?
Por eso, había hecho saltar la olla con sus rodillas delanteras. De rabia, por lo que planeaban para él. Pero, al instante, se asustó.
-¡Uijijijiii! -lloriqueó.
¡Cuando Carda viera que había tirado su licor maravilloso iba a querer matarlo dos veces!
En aquel momento, la olla dejó de girar y se volcó, al sentir el chorro del líquido caliente sobre su cabeza, Onagra alcanzó a correrse hacia un costado.
Se salvó, sin embargo, diez, veinte, cien gotas, le entibiaron el pecho y los antebrazos.
Casi enseguida, empezó a notar aquella sensación de agilidad y ligereza en las patas. Sensación que lo hacía dar saltos incontenibles igual que golpes de viento, saltos y volteretas que lo elevaban liviano como un barrilete. Liviano como todas las plumas de pájaros que Carda había echado en su olla mágica.
No podía dominarse así que brincó, brincó y, de un solo salto, rebasó la línea superior de las paredes. Después de hacer una serie de piruetas con una habilidad que nunca había tenido, volvió a saltar. Volvió a saltar y se vio por encima de las ramas más altas de los árboles; fue cuando se animó y dio aquella voltereta audaz que le hizo escalar el cielo, mientras sentía que su cuerpo se brotaba de plumas. Y entonces, como por arte de magia, voló. Voló con un inútil collar de madera colgando del pescuezo.
Autora: Olga Drennen
JAMON JAMON UNS PERNILS Uuummmmm!!
Un jamón ibérico se caracteriza por tener la caña estrecha, la pezuña oscura y silueta estilizada. El color de la carne es entre el rojo púrpura y el rosa pálido. Posee un sabor dulce, untuoso, y poco salado que nos deleita el paladar con su exlposión de aromas. Las diferencias entre los jamones de las distintas zonas, está básicamente en su grasa.Los jamones de Huelva que se conocen popularmente como Jabugo al corte tienen numerosas vetas de grasa entreverada entre su carne magra, con un color brillante debido al bajo punto de fusión de la grasa proporcionada por la bellota. Los jamones de Guijuelo, poseen color rojo vivo, tienen unas vetas uniformes al corte con la aparición de pintas blancas (que son cristales de tirosina) y una grasa dorada, brillante y sabrosa. Es un jamón con muy poca sal , dado que el clima de la zona permiten un periodo de salazón inferior. Los jamones Dehesa de Extremadura tienen una textura poco fibrosa y su grasa tiene aspecto brillante y blanda al tacto
Aquest texte l' he trobat al blog de la meva cosina doncs és una experta en pernils, felicitats Laura L'últim era, molt bo! http://enelnomdelporc.blogspot.com/
Aquest texte l' he trobat al blog de la meva cosina doncs és una experta en pernils, felicitats Laura L'últim era, molt bo! http://enelnomdelporc.blogspot.com/
domingo, 15 de julio de 2007
FORMENTERA
si voleu info podeu anar a http://www.formenteraonline.net/ct/index.php
BRUJAS

Son muchas las leyendas y las historias que se cuentan sobre las brujas... verrugas horribles, escobas voladoras, gatos negros que las rondan... hasta oscuros pactos con el Diablo!!
Se las asocia muy a menudo con maldad y con oscuridad, tal vez porque se las sabe amigas de la luna y de la noche, y lo maligno siempre se ha contrapuesto a la luz, a lo luminoso. Quizá solo fueron mujeres que no adoraron a más dios que la noche o la madre Tierra (quién mejor que ellas conocía las propiedades ocultas de las plantas, regalo de la naturaleza a quien supiera entenderlo?). Y quizás ese paganismo tuvo un precio demasiado alto para muchas...
En las sociedades primitivas, la agricultura y la recolección era terreno de las mujeres. Mientras los hombres salían a cazar, las mujeres aprendieron, primero, a elegir, de entre los que la naturaleza les ofrecía, los alimentos aptos de los que no lo eran. Más tarde, aprenderían que eran capaces de "dominar" este proceso de algún modo, y hacían crecer alimentos por sí mismas. Esto requería una mayor observación de la tierra, de los fenómenos naturales, del clima, las estaciones... un mayor contacto con su entorno (y esto lo seguimos observando en las mujeres a las que luego se llamó brujas).
También, en muchas sociedades antiguas, ha habido cierto temor a la mujer, sobre todo por la incomprensión de algunas de sus capacidades. La mujer engendra vida (por supuesto, tarea imposible sin un hombre) y este mecanismo por el que un bebé nacía del cuerpo de la mujer resultó incomprensible mucho tiempo... y ya se sabe que lo desconocido suele ser amigo del miedo.
Se las asocia muy a menudo con maldad y con oscuridad, tal vez porque se las sabe amigas de la luna y de la noche, y lo maligno siempre se ha contrapuesto a la luz, a lo luminoso. Quizá solo fueron mujeres que no adoraron a más dios que la noche o la madre Tierra (quién mejor que ellas conocía las propiedades ocultas de las plantas, regalo de la naturaleza a quien supiera entenderlo?). Y quizás ese paganismo tuvo un precio demasiado alto para muchas...
En las sociedades primitivas, la agricultura y la recolección era terreno de las mujeres. Mientras los hombres salían a cazar, las mujeres aprendieron, primero, a elegir, de entre los que la naturaleza les ofrecía, los alimentos aptos de los que no lo eran. Más tarde, aprenderían que eran capaces de "dominar" este proceso de algún modo, y hacían crecer alimentos por sí mismas. Esto requería una mayor observación de la tierra, de los fenómenos naturales, del clima, las estaciones... un mayor contacto con su entorno (y esto lo seguimos observando en las mujeres a las que luego se llamó brujas).
También, en muchas sociedades antiguas, ha habido cierto temor a la mujer, sobre todo por la incomprensión de algunas de sus capacidades. La mujer engendra vida (por supuesto, tarea imposible sin un hombre) y este mecanismo por el que un bebé nacía del cuerpo de la mujer resultó incomprensible mucho tiempo... y ya se sabe que lo desconocido suele ser amigo del miedo.
El texte i imatge: www.lacoctelera.com/.../mundomagico/hallow3.gif
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